Fotografía, recuerdos y las historias que contamos sobre nosotros mismos.
¿Cuánto de lo que creemos ser procede de nuestra propia experiencia y cuánto de las miradas de los demás?
Hay fotografías de nuestra infancia en las que apenas nos reconocemos. Vemos nuestro rostro, nuestra ropa, los lugares donde crecimos, las personas que nos acompañaban. Sabemos que somos nosotros, aunque algo en esa imagen nos resulta extraño.
Quizá sea la expresión que tenemos, la postura o la manera en que alguien decidió retratarnos. Quizá sea, sencillamente, que aquella persona que aparece en la fotografía todavía desconocía muchas de las cosas que hoy sabemos sobre nosotros mismos, y, sin embargo, esa imagen forma parte de nuestra historia.
Cuando contemplamos una fotografía antigua, observamos mucho más que un instante del pasado. Nos encontramos con una representación de quienes fuimos, construida desde una mirada concreta y recuperada desde otra: la que tenemos hoy.
Entre ambas miradas se despliega una pregunta que atraviesa la psicología, la filosofía y el arte: ¿cómo llegamos a convertirnos en quiénes somos?
Estamos hechos de las miradas de los demás
Nos gusta pensar que nuestra identidad es algo propio, íntimo, relativamente estable. Una especie de núcleo que permanece dentro de nosotros mientras la vida transcurre. Sin embargo, la psicología lleva décadas mostrando que la identidad se construye en relación con otras personas.
Desde los primeros años de vida, las miradas, las palabras, los gestos y las expectativas de quienes nos rodean participan en la formación de nuestra imagen personal. Aprendemos quiénes somos, en parte, a través de cómo nos reconocen los demás.
Una niña puede crecer escuchando que es tímida, responsable, inteligente o difícil. Un niño puede aprender que debe ser fuerte, que expresar tristeza es una debilidad o que su valor depende de sus resultados. Esas descripciones, repetidas y sostenidas en las relaciones cotidianas, pueden terminar convirtiéndose en elementos importantes de la identidad.
Con el tiempo, quizá dejemos de recordar quién pronunció aquellas palabras por primera vez. Pero algunas continúan organizando nuestra manera de comprendernos.
Al igual que el Frankenstein de Mary Shelley está formado por fragmentos de diferentes cuerpos, nuestra identidad se construye mediante identificaciones con otras personas. Somos, en cierto modo, una composición de encuentros. Incorporamos maneras de pensar, formas de relacionarnos, valores, temores, aspiraciones y modelos de comportamiento. Algunos nos acompañan durante toda la vida. Otros se transforman o pierden importancia.
Pero hay una cuestión todavía más interesante: podemos llegar a confundir las identificaciones que hemos incorporado con una definición definitiva de quiénes somos.

Imaginemos que nuestra personalidad está formada por numerosas islas. En una habitan las experiencias de nuestra infancia. En otra, los valores familiares. Más allá encontramos nuestros deseos, las relaciones afectivas, las decisiones que hemos tomado, los miedos, los aprendizajes y las contradicciones. Algunas islas están próximas. Otras parecen separadas por grandes extensiones de agua.
A veces intentamos construir una identidad uniforme, una historia sobre nosotros mismos en la que todo resulte coherente. Nos definimos mediante profesiones, roles, creencias o características personales: soy madre, soy fotógrafo, soy una persona responsable, soy independiente, soy tímida.
Estas definiciones nos ayudan a orientarnos y a participar en la vida social. Pero también pueden estrechar las posibilidades de comprendernos. Porque podemos ser responsables y desear abandonar algunas responsabilidades. Podemos sentirnos independientes y necesitar profundamente a los demás. Podemos reconocer una continuidad en nuestra personalidad y descubrir aspectos de nosotros que contradicen la imagen que habíamos construido. La identidad humana es compleja.
Las identificaciones constituyen una parte normal del desarrollo. La cuestión consiste en qué posibilidades tenemos de observarlas, comprenderlas y revisar aquellas que han dejado de representarnos. Nuestras fotografías van cambiando a lo largo de nuestra historia.
Quizá conocerse consista, entre otras cosas, en aprender a recorrer ese archipiélago.
Las fotografías contienen las miradas de otros
Pensemos en nuestro álbum familiar. Durante buena parte de la infancia, las fotografías que conservamos fueron realizadas por otras personas. Alguien decidió cuándo fotografiarnos, desde dónde hacerlo, qué momento merecía ser conservado y qué imagen de nosotros pasaría a formar parte de la memoria familiar.
Las fotografías de cumpleaños, celebraciones, viajes o reuniones familiares forman parte de una historia visual que, en gran medida, comenzó a construirse antes de que pudiéramos intervenir conscientemente en ella.
Pero los álbumes familiares contienen también ausencias. Hay acontecimientos que nunca fueron fotografiados. Personas que apenas aparecen. Encuentros que quedaron fuera de la imagen. Experiencias que la familia prefirió recordar de otra manera.
La fotografía, como cualquier representación, implica una selección. Nuestra historia visual es también una construcción relacional y cultural.
Las fotografías familiares nos muestran una parte de nuestra vida, pero también nos hablan de las personas que nos miraban y de los relatos que construyeron sobre nosotros.
Recordar es reconstruir
La memoria autobiográfica tiene una característica fundamental: recordar una experiencia implica reconstruirla desde el presente. Recordar viene de re-cordis, volver a pasar por el corazón
Nuestros recuerdos conservan información sobre acontecimientos vividos, pero su recuperación está influida por nuestros conocimientos actuales, nuestras emociones, nuestras expectativas y las interpretaciones que hemos elaborado a lo largo del tiempo. Esto explica por qué una misma experiencia puede adquirir significados diferentes en distintas etapas de nuestra vida.
Imaginemos a una persona que, durante su adolescencia, cambió varias veces de ciudad.
Durante años puede recordar aquellos desplazamientos como una sucesión de despedidas y pérdidas. Sin embargo, al revisar su historia desde la madurez, quizá descubra que también desarrolló curiosidad, flexibilidad o una particular sensibilidad hacia quienes llegan a un lugar desconocido. Los acontecimientos permanecen en su biografía, pero el relato que construye sobre ellos se ha transformado.
La memoria autobiográfica participa así en la elaboración de nuestra identidad.
El psicólogo Dan P. McAdams, uno de los principales investigadores de la identidad narrativa, plantea que las personas construimos historias de vida que integran nuestro pasado reconstruido, nuestro presente y el futuro que imaginamos. Estas narraciones nos permiten establecer relaciones entre acontecimientos, reconocer continuidades y atribuir significado a los cambios que hemos experimentado.
Nuestra historia personal, por tanto, es algo más que una cronología. Es una interpretación.
Narrar nuestra vida también es construirla
Imagina que tienes que presentarte a alguien y tienes un minuto ¿Qué de dirías?
Cuando contamos quiénes somos, seleccionamos acontecimientos, establecemos relaciones entre ellos, identificamos momentos decisivos y atribuimos significado a determinadas experiencias. Algunas adquieren una importancia central. Otras quedan en segundo plano.
A veces descubrimos conexiones que anteriormente habían pasado inadvertidas. En otras ocasiones, una experiencia que parecía definirnos pierde parte de su protagonismo cuando conseguimos contemplarla dentro de una historia más amplia.
El filósofo Paul Ricoeur desarrolló el concepto de identidad narrativa para explorar cómo podemos mantener una sensación de continuidad personal a pesar de los cambios que experimentamos.
La narración permite relacionar distintas etapas de nuestra existencia sin reducirlas a una identidad completamente fija.
La psicología narrativa ha estudiado cómo los relatos que construimos sobre nuestra vida participan en la formación de nuestra identidad. La psicóloga Michele L. Crossley sostiene que narrar nuestras experiencias nos permite organizarlas, establecer relaciones entre acontecimientos y elaborar significados que contribuyen a nuestra sensación de continuidad personal.
En una línea complementaria, el psicólogo Dan McAdams explica que nuestra identidad se configura mediante historias de vida que relacionan el pasado que reconstruimos, el presente que experimentamos y el futuro que imaginamos.
Desde esta perspectiva, contar nuestra historia es mucho más que recordar lo sucedido. Es una manera de interpretar nuestra experiencia y participar activamente en la construcción de quiénes somos.

Desde esta perspectiva, escribir una autobiografía o revisar el álbum familiar implica mucho más que describir acontecimientos. Supone participar activamente en la interpretación de la propia existencia.
Al narrar nuestra vida, también construimos una manera de comprender quiénes somos.
¿Qué sucede cuando contamos nuestra vida con fotografías?
Una fotografía puede activar recuerdos, emociones, asociaciones y preguntas. Pero su significado autobiográfico va mucho más allá de lo que muestra.
Imaginemos una fotografía de una casa en la que vivimos durante la infancia.
Para otra persona puede ser simplemente la imagen de una vivienda. Para nosotros puede contener recuerdos de seguridad, miedo, pertenencia, conflictos, juegos o despedidas. Incluso puede evocar experiencias contradictorias.
Quizá durante años aquella casa representó la felicidad de la infancia. Tiempo después, al observar la fotografía, comenzamos a reconocer también las dificultades que entonces éramos incapaces de comprender. La fotografía puede convertirse en un punto de partida para explorar esa complejidad.
Cuando seleccionamos imágenes de nuestra historia, las ordenamos, establecemos relaciones entre ellas y construimos un relato, realizamos un trabajo de interpretación autobiográfica. Decidimos qué acontecimientos adquieren protagonismo, qué conexiones queremos explorar y desde qué perspectiva contemplamos nuestro recorrido vital.
En este sentido, la fotobiografía puede entenderse como un proceso de construcción narrativa mediante imágenes, recuerdos y palabras. Su valor reside en la posibilidad de observar nuestra historia desde diferentes perspectivas, reconocer significados y abrir preguntas sobre nuestra identidad. Y también en aceptar que una misma imagen puede contener relatos diferentes.
En la película Up, de Pixar, Carl descubre algo extraordinario cuando vuelve a mirar el álbum de fotografías de Ellie: la vida que creía llena de aventuras pendientes estaba repleta de pequeños momentos que habían sido, en sí mismos, una gran aventura. Las fotografías siguen siendo las mismas. Lo que cambia es la manera de interpretar su historia.
¿Y si algunas de nuestras fotografías también guardaran historias que todavía no hemos descubierto?
Del álbum familiar al autorretrato: recuperar la propia mirada
Hay una diferencia importante entre contemplar fotografías que otras personas hicieron de nosotros y crear nuestras propias imágenes.
En el primer caso, exploramos representaciones que forman parte de nuestra historia.
En el segundo, participamos directamente en la construcción de una representación.
El autorretrato introduce una posibilidad especialmente interesante: decidir cómo queremos mirarnos. Podemos explorar aspectos de nuestra identidad que habitualmente permanecen poco visibles. Representar emociones, contradicciones, deseos o formas de estar en el mundo que difícilmente aparecen en las fotografías convencionales.
También podemos cuestionar las imágenes que hemos aprendido a reproducir. ¿Qué sucede si una persona que siempre se ha representado desde la fortaleza decide explorar su vulnerabilidad? ¿O si alguien que ha ocupado durante años un papel secundario en las fotografías familiares decide convertirse en protagonista de sus propias imágenes?
El autorretrato permite experimentar con diferentes maneras de representarnos. Y esa experimentación puede generar nuevos espacios para nuestra identidad.
Desde luego, crear una imagen diferente no implica transformar automáticamente la percepción que tenemos de nosotros mismos. Los procesos de autoconocimiento son complejos y dependen de numerosos factores. Pero la fotografía puede proporcionar un espacio para observar, explorar y elaborar representaciones personales.
¿Y si nuestra historia pudiera contarse de otra manera?
En muchas ocasiones organizamos nuestra biografía alrededor de un número reducido de acontecimientos o características. Nos definimos a partir de lo que nos sucedió, de determinadas relaciones, de nuestras decisiones o de aquello que otras personas dijeron sobre nosotros.
Esos relatos pueden ayudarnos a comprender nuestra experiencia. Pero también pueden limitarla cuando se convierten en explicaciones únicas.
La perspectiva narrativa invita a reconocer que ninguna historia personal puede agotarse en una sola descripción. Una vida contiene múltiples acontecimientos, relaciones, emociones y posibilidades de interpretación.
Trabajar con fotografías puede ayudarnos a recuperar aspectos que habían quedado fuera del relato dominante.
Quizá encontremos imágenes que contradicen la idea que tenemos sobre una etapa de nuestra vida. Quizá descubramos momentos de autonomía donde únicamente recordábamos dependencia, o vínculos significativos en periodos que habíamos definido exclusivamente desde la soledad.
El propósito consiste en ampliar la comprensión de nuestra experiencia, respetando su complejidad. Y reconocer que podemos revisar las interpretaciones que hemos construido sobre nosotros mismos.
Aprender a mirarnos de nuevo.
Cada fotografía conserva una relación con un momento del pasado, pero nuestra mirada pertenece al presente.
Entre la imagen y quien la contempla se encuentran los años vividos, los aprendizajes, las pérdidas, las relaciones y las transformaciones personales. Por eso, volver a mirar nuestras fotografías puede convertirse en una oportunidad para revisar la manera en que comprendemos nuestra propia historia.
Quizá descubramos que algunas imágenes nos representan de una manera diferente a como lo hacían antes. Que ciertas definiciones que considerábamos inamovibles admiten matices. Que las personas que fuimos contienen más posibilidades de las que recordábamos.
Nuestra identidad se construye en relación con los demás, pero también a través de la capacidad de reflexionar sobre esas relaciones y elaborar nuestros propios relatos y la fotografía puede acompañarnos en ese recorrido.
Conocernos implica aprender a reconocer las miradas con las que hemos construido nuestra imagen y descubrir desde dónde queremos seguir mirando.
Referencias para profundizar
Bruner, J. S. (1990). Acts of meaning. Harvard University Press.
Crossley, M. L. (2000). Introducing narrative psychology: Self, trauma and the construction of meaning. Open University Press.
Fivush, R. (2011). The development of autobiographical memory. Annual Review of Psychology, 62, 559–582. https://www.annualreviews.org/content/journals/10.1146/annurev.psych.121208.131702
Harper, D. (2002). Talking about pictures: A case for photo elicitation. Visual Studies, 17(1), 13–26. https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/14725860220137345
McAdams, D. P. (2001). The psychology of life stories. Review of General Psychology, 5(2), 100–122. https://journals.sagepub.com/doi/10.1037/1089-2680.5.2.100
Ricoeur, P. (1990). Soi-même comme un autre. Éditions du Seuil.
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Amparo Muñoz Morellà. (octubre 21, 2026). "¿Por qué somos como somos? Cómo se construye nuestra identidad". ANDANAfoto.com. | https://andanafoto.com/por-que-somos-como-somos-como-se-construye-nuestra-identidad/.






