¿Qué imaginario construimos cuando repetimos una determinada manera de representar una realidad?
Estamos acostumbrados a pensar que una fotografía muestra algo que ya estaba ahí. Que la cámara registra un acontecimiento y que, cuanto más fiel sea la imagen a lo sucedido, más objetiva será su representación.
Pero fotografiar no consiste únicamente en registrar.
Antes de que una imagen llegue a nuestros ojos ya han ocurrido muchas cosas: alguien ha decidido dónde colocarse, qué incluir en el encuadre, qué dejar fuera, desde qué distancia mirar, cuándo apretar el disparador y qué imagen seleccionar después. Y, una vez publicada, esa fotografía entra en un contexto determinado: aparece junto a un titular, unas palabras, otras imágenes y una determinada manera de contar lo ocurrido.
Por eso, una fotografía puede ser verdadera y, al mismo tiempo, no ser neutral.
Toda imagen ofrece una perspectiva situada. Nos permite ver algo, pero al mismo tiempo deja otras cosas fuera de nuestra mirada. Puede acercarnos a una realidad o convertirla en una categoría. Puede devolver singularidad a una persona o transformarla visualmente en parte de un conjunto. Puede hacer visible una experiencia o contribuir a que determinadas formas de mirar se conviertan en las únicas que reconocemos como posibles.
La cuestión, por tanto, no es solamente qué muestra una fotografía, sino también desde dónde se ha construido esa mirada, qué relaciones de poder la atraviesan y qué imaginarios produce su repetición.
Esta pregunta adquiere una especial relevancia cuando fotografiamos realidades atravesadas por desigualdades sociales, fronteras, migraciones, pobreza, exclusión o conflicto. En estos contextos, las decisiones aparentemente formales —la distancia, el ángulo, el encuadre, la selección o la repetición— también pueden tener consecuencias sobre la manera en que determinadas personas son percibidas y comprendidas.
La fotografía no solo puede documentar una realidad. También participa en la construcción de aquello que entendemos por realidad.
Y si toda mirada está situada, entonces aparecen preguntas:
¿Quién mira? ¿Desde dónde mira? ¿A quién se le permite ser mirado? ¿Y quién tiene la posibilidad de construir su propia representación?
Para explorar estas preguntas podemos detenernos en un caso concreto: la manera en que se ha representado fotográficamente la llegada de personas migrantes a Ceuta.
A finales de julio de 2026 se produjo una entrada extraordinariamente numerosa de personas migrantes a Ceuta. La cobertura fotográfica mostró, entre otras cosas, grandes grupos entrando por mar, personas corriendo por las playas, militares y policías formando barreras, personas escoltadas hacia la frontera y rescates en el agua. Un mes después, RTVE hablaba de más de 50.000 entradas y de más de 5.000 personas que permanecían en la ciudad.
Una fotografía aérea o tomada desde un punto elevado de cientos o miles de personas avanzando hacia una frontera puede ser documentalmente verdadera. Lo que muestra ocurrió. Pero su verdad factual no agota su significado.
El encuadre, la distancia, la repetición y la selección pueden transformar personas concretas en masa.
Antes de continuar, detente un instante. Mira algunas de las fotografías con las que se ha contado visualmente lo ocurrido en Ceuta. Después vuelve aquí y hazte una pregunta: ¿desde dónde estamos mirando?
Puedes ver aquí las fotografías y la cobertura fotográfica de RTVE sobre las llegadas a Ceuta en julio de 2026.
¿Qué imaginario construimos cuando repetimos una determinada manera de representar una realidad?
Desaparecen los nombres, las biografías, las razones para migrar, las relaciones familiares, desaparece prácticamente cualquier individualidad.
Lo que permanece visualmente es una multitud desplazándose hacia “nosotros”. Y aquí aparece la dimensión política de la imagen.
Esta pregunta sobre la posición desde la que miramos no es nueva. Ha sido desarrollada desde distintos campos del pensamiento, y resulta especialmente sugerente en el trabajo de Donna Haraway sobre los conocimientos situados.
Donna Haraway, académica estadounidense, critica precisamente la fantasía de una mirada que pudiera observar el mundo desde ninguna parte, como si quien mira careciera de cuerpo, posición, historia e intereses.
El ensayo de 1988, argumenta que todo conocimiento está determinado por el contexto social, físico e histórico específico de quien lo observa.
Utiliza el concepto “god trick” (el «truco de Dios») para criticar la objetividad científica tradicional por ser la ilusión de ver todo desde ningún lugar. Considera que es un punto de vista incorpóreo que reclama una verdad universal mientras oculta su propia posición de poder. Frente a ello propone conocimientos situados: toda mirada parte de alguna posición, nuestra visión es limitada y localizada. Aceptar nuestra posición específica permite construir afirmaciones más honestas, responsables y precisas.
El conocimiento es producido por cuerpos reales y físicos en lugares específicos.
Toda fotografía es una mirada situada.
Quien fotografía nunca mira “desde ninguna parte”: mira desde un cuerpo, una historia,
una posición social, un territorio y una relación concreta con aquello que fotografía.
La cámara nunca mira desde ninguna parte. Está arriba o abajo, cerca o lejos, a este lado de la frontera o a otro, junto a la policía o junto a quienes cruza, con teleobjetivo o con un 50mm…
Y cada una de esas posiciones produce una realidad visual diferente.
Por eso podemos elegir una de esas imágenes generales de Ceuta y decir: Esta fotografía puede ser verdadera. Pero no es una mirada neutral.
La pregunta no es solamente qué vemos. La pregunta es desde dónde estamos mirando y quién hace y comparte la imagen.
Para John Berger, mirar nunca es un acto inocente. Esta cuestión constituye uno de los ejes de Modos de ver. Su trabajo cuestiona precisamente la aparente naturalidad de las imágenes y nos invita a investigar las ideologías y relaciones sociales que contienen las formas de representación.
Las imágenes no son inofensivas. No solo muestran el mundo. También participan en la construcción de las categorías con las que después pensamos el mundo.
Cuando vemos una persona nadando agotada hacia una playa tenemos una determinada experiencia.
Cuando vemos a miles desde arriba, la experiencia perceptiva cambia. Vemos volumen, movimiento, frontera, control, no es una unidad, es una multitud.
¿Qué ocurre cuando la acumulación de determinadas imágenes acaba construyendo visualmente la migración como una masa que avanza, una oleada que llega, una frontera que se desborda?
Aquí incluso el lenguaje verbal y el lenguaje visual pueden reforzarse mutuamente. En la cobertura encontramos expresiones como “entrada masiva”, “desbordada” o grupos siendo conducidos hacia la frontera.
El imaginario puede construirse por acumulación.
¿Qué desaparece cuando encuadramos?
El marco condiciona qué vidas llegamos a reconocer
Judith Butler
Para Judith Butler (2009), los marcos mediante los que vemos y representamos el mundo nunca son neutrales: organizan nuestra percepción y condicionan qué vidas aparecen como reconocibles, valiosas y dignas de duelo.
Porque el marco hace dos cosas simultáneamente: muestra y excluye.
Cuando fotografiamos a cientos de migrantes entrando en Ceuta mostramos algo real: la magnitud del acontecimiento.
Pero ese mismo encuadre puede dejar fuera:
el origen de una persona,
su nombre,
su miedo,
sus expectativas,
por qué decidió entrar en el agua,
qué dejó atrás,
qué cree que encontrará al llegar,
a quién está llamando por teléfono,
qué sabe hacer,
a quién ama,
qué imagen lleva consigo.
Encuadrar es decidir qué entra en la imagen y qué queda fuera de ella. Cada encuadre es, por tanto, una selección de la realidad y una toma de posición de quien fotografía.
¿Y QUÉ OCURRIRÍA SI LES DIÉRAMOS LA CÁMARA?
La posibilidad de que las personas fotografiadas participen en la producción de las imágenes desplaza la cuestión desde la representación hacia la participación.
Probablemente seguiríamos viendo Ceuta. Pero quizá dejaríamos de ver solamente “la migración”.
No sabemos qué fotografiarían. Y precisamente eso es lo importante.
No deberíamos anticipar que fotografiarían sufrimiento, fronteras o injusticias. Quizá fotografiarían el mar. Unas zapatillas secándose. La comida. Un amigo. Una videollamada con su madre. El lugar donde duermen. Algo que les parece hermoso. Algo que les da miedo. Algo absurdo. Algo que nosotros jamás consideraríamos informativamente relevante.
Y eso no sería anecdótico, sería conocimiento. Porque nos permitiría descubrir qué consideran ellos digno de ser mirado.
Cuando Caroline C. Wang y Mary Ann Burris desarrollaron Photovoice, una de las ideas fundamentales era precisamente permitir que personas habitualmente poco escuchadas pudieran registrar y reflexionar sobre sus comunidades desde su propio punto de vista, generar diálogo colectivo y hacer llegar ese conocimiento a quienes toman decisiones.
Por tanto, ¿Qué ocurre con nuestro conocimiento sobre la migración cuando las personas migrantes también producen las imágenes desde las que intentamos comprenderla?
¿Quién tiene capacidad para producir conocimiento sobre una realidad?
Ariella Aïsha Azoulay lleva esta cuestión todavía más lejos. En The Civil Contract of Photography propone dejar de pensar la fotografía únicamente como una imagen producida por un fotógrafo y contemplarla como un acontecimiento en el que se establecen relaciones entre quien fotografía, quien es fotografiado y quien mira.
La persona fotografiada deja entonces de ser simplemente materia prima para el relato de otro. La pregunta ya no es únicamente qué representa esta fotografía, sino qué relaciones de poder hacen posible esta representación y qué lugar ocupa cada persona en ella.
Desde esta perspectiva, la fotografía puede reproducir una relación desigual, pero también puede convertirse en un espacio para discutirla, cuestionarla y transformarla.
De esta manera, podemos desarrollar nuestra capacidad de «imaginación cívica»: una forma de vernos e imaginarnos como parte de la imagen, en lugar de ser meros espectadores.
Desplaza la atención al producto —la fotografía— hacia la práctica y las relaciones que constituyen el acontecimiento fotográfico. Las imágenes pueden reforzar una realidad opresiva, pero también resistirla.
¿Qué lugar ocupa una persona en la construcción de su representación?
¿Quién participa en la construcción de lo visible?
Tal vez la cuestión no sea encontrar una imagen capaz de representar por sí sola una realidad compleja. Tal vez la cuestión sea preguntarnos cuántas miradas necesitamos para comenzar a comprenderla.
Una fotografía siempre será parcial. También lo será la mirada de quien fotografía, la de quien aparece en la imagen y la de quien la contempla. No existe una perspectiva que pueda contener por completo una experiencia humana.
Por eso, dar la cámara no significa sustituir una representación por otra supuestamente más verdadera o más auténtica. Significa abrir la posibilidad de que aparezcan preguntas, experiencias y formas de mirar que antes no formaban parte de aquello que considerábamos visible.
Quizá una persona que ha migrado fotografíe el mar. O una habitación. Una conversación. Una comida. A alguien que quiere. Algo que le resulta hermoso. Algo que le resulta extraño. Quizá fotografíe algo que no tenga ninguna relación aparente con la migración.
Y precisamente ahí está el valor.
Porque cuando dejamos de decidir de antemano qué debería fotografiar una persona, también dejamos de decidir por ella qué aspectos de su experiencia merecen ser conocidos.
La fotografía puede entonces dejar de ser únicamente una herramienta para representar a otros y convertirse en una práctica para construir conocimiento con otros.
No se trata de encontrar una mirada definitiva. Se trata de hacer espacio para que existan más miradas.
Porque quizá el verdadero poder de la fotografía no esté solamente en decidir qué mostramos, sino en preguntarnos:
¿Quién tiene la posibilidad de decidir qué merece ser visto?
BIBLIOGRAFÍA:
Azoulay, A. A. (2008). The civil contract of photography. Zone Books.
Azoulay, A. A. (2012). Civil imagination: A political ontology of photography. Verso.
Berger, J. (2000). Modos de ver. Editorial Gustavo Gili.
Butler, J. (2009). Frames of war: When is life grievable? Verso.
Fernández-Pacheco Sáez, J. L., Rasskin-Gutman, I., Marques, E., & Yoshihama, M. (2022). (Digital) PhotoVoice y su papel en el desarrollo comunitario y la construcción de la identidad colectiva: Hacia una ciudadanía crítica y participativa a través de la educación. Research in Education and Learning Innovation Archives, 28, 77–93. https://doi.org/10.7203/realia.28.21795
Haraway, D. (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
Wang, C., & Burris, M. A. (1997). Photovoice: Concept, methodology, and use for participatory needs assessment. Health Education & Behavior, 24(3), 369–387. https://doi.org/10.1177/109019819702400309
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Psicóloga, divulgadora y docente. Cuenta con más de 20 años de experiencia en la intervención comunitaria y la integración social. Investiga y acompaña a personas que apuestan por la fotografía como estrategia para potenciar su creatividad y como herramienta de crecimiento personal, desarrolla una importante labor divulgativa a través de artículos, masterclass y cursos en materias como la fotografía y la psicología o el acompañamiento de proyectos fotográficos personales. Autora de los libros "Fotografía para crecer. Guía práctica para enseñar fotografía en la infancia y adolescencia", "Descubre la fotografía. Mirar, crear y disfrutar desde la infancia" y "Eres aquello que miras" de la colección Fotografía para conocerte.