
La fotografía no nació solo de la técnica.
Nació de la alquimia, de las manos que prueban, fallan, mezclan, descubren.
Nació de la curiosidad.
De mirar sin saber exactamente qué estamos buscando.
Y, sobre todo, nació del juego.
Hoy, muchas corrientes psicológicas nos recuerdan algo esencial: cuando dejamos de jugar, dejamos de explorar… y cuando dejamos de explorar, la vida pierde profundidad.
El juego no es algo infantil, es una forma de estar en el mundo, es apertura, flexibilidad, presencia.
Como decía Donald Winnicott:
“Es en el juego, y solo en el juego, donde el individuo puede ser creativo y utilizar toda su personalidad.”
Por eso, hoy no te propongo una técnica, te propongo un juego con la luz.
La luz es uno de los grandes misterios del universo. Es energía, pero también es información. Un hilo invisible que conecta lo que ocurre en un lugar con otro.
Hace siglos aprendimos a capturarla, a dejar que nos contara lo que ve, y así nació uno de los dispositivos más fascinantes de la historia:
la cámara oscura.
Mucho antes de las cámaras, ya se conocía este fenómeno. Aristóteles lo describía así:
“Se hace pasar la luz a través de un pequeño agujero hecho en un cuarto cerrado… y en la pared opuesta se formará la imagen de lo que se encuentre enfrente.”
La luz viaja en línea recta y cuando atraviesa un pequeño orificio…nos devuelve el mundo. Invertido. Pero intacto. Color, forma, perspectiva. Todo está ahí. Cómo una proyección de video del revés.


