Hay personas que continúan viviendo dentro de nosotros incluso cuando no están presentes: Nuestra madre, padre, un hermano, una pareja o una gran amistad. Alguien que quisimos profundamente. Incluso alguien con quien mantuvimos una relación difícil.
Podemos cerrar los ojos y recordar su rostro, su manera de mirarnos, algún gesto, una frase, una forma de caminar. Pero lo que conservamos en nuestro interior no es exactamente a esa persona, es una representación. Una imagen construida a partir de recuerdos, emociones, experiencias, necesidades, deseos, miedos y también de todo aquello que quizá nunca llegamos a comprender.
La psicología tiene una palabra especialmente hermosa para hablar de algunas de estas imágenes internas: Imago.
En latín, imago significa «imagen» y quizá por eso el concepto resulta especialmente sugerente cuando pensamos en fotografía.
El concepto de imago está estrechamente relacionado con la psicología analítica de Carl Gustav Jung. Una imago es la representación psicológica, en buena medida inconsciente, que construimos de una persona significativa.
La imago no es la persona, es nuestra representación interna de ella.
Existe mi madre real, con su historia, sus cualidades, sus dificultades y sus contradicciones y existe también la madre que yo llevo dentro. Ambas pueden parecerse mucho, o a lo mejor no.
Porque nuestra experiencia de una persona nunca está formada únicamente por lo que esa persona hizo. También intervienen cómo vivimos aquello que ocurrió, qué edad teníamos, qué necesitábamos, qué comprendíamos en aquel momento y qué emociones quedaron asociadas a aquellas experiencias. Por eso dos hermanos pueden haber crecido con los mismos padres y, sin embargo, haber construido representaciones psicológicas muy diferentes de ellos.
Podríamos expresarlo así:
PERSONA REAL → EXPERIENCIAS → EMOCIONES → INTERPRETACIONES → IMAGO
La persona existe fuera y la imago aparece dentro.
Las imagos más significativas suelen construirse alrededor de las primeras figuras afectivas: madre, padre, hermanos y otras personas importantes durante la infancia.
Imaginemos a una niña cuya madre atraviesa durante varios años una situación personal complicada y está frecuentemente preocupada. La niña probablemente no puede pensar: Mi madre está atravesando una situación difícil y por eso tiene menos disponibilidad emocional. Su experiencia es mucho más sencilla: Cuando la necesito, no está.
Si determinadas experiencias se repiten, pueden contribuir a construir una representación interna de las relaciones y de las personas. No conservamos los acontecimientos, conservamos el significado emocional que tuvieron para nosotros.
Y esas representaciones pueden continuar actuando muchos años después, incluso cuando las circunstancias han cambiado.
Jung observó precisamente algo muy interesante en sus pacientes: padres y madres que llevaban muchos años ausentes o que incluso habían muerto continuaban teniendo una enorme presencia en la vida psicológica de las personas.
Algunos comportamientos era impulsados, no por el padre real, si no por la imagen interiorizada del padre.
Por eso Jung consideró necesario distinguir entre la persona real y su imago.
No recordamos como una cámara
Y lamentablemente, nuestramemoria no funciona como un archivo fotográfico.
Cuando recordamos, no recuperamos una copia intacta de lo sucedido. La memoria es reconstructiva. Cada vez que evocamos una experiencia intervienen elementos del presente: nuestros conocimientos actuales, nuestras emociones, las historias que hemos construido sobre nosotros mismos y también todo aquello que ocurrió después.
Esto significa que nuestra imago tampoco es una reproducción exacta de una persona. Es una construcción psicológica.
Puede contener elementos reales, pero también interpretaciones, idealizaciones, decepciones, expectativas, fantasías y significados que hemos ido incorporando con el tiempo.
Una persona puede haber muerto hace veinte años y, sin embargo, nuestra relación psicológica con ella puede continuar transformándose. La persona ya no cambia, pero nosotros sí. Y este “crecimiento” puede cambiar también la manera en que comprendemos su historia.
Hagamos una distinción importante.
Un recuerdo podría ser: Mi padre me llevaba al colegio todas las mañanas.
Una imago es algo más profundo y complejo. Es la representación psicológica que he construido de «mi padre» a partir de cientos o miles de experiencias. En ella pueden convivir: protección, autoridad, miedo, admiración, ausencia, ternura, exigencia, seguridad, decepción…
Por eso un imago no es exactamente una fotografía mental. Es una estructura interna desde la que sentimos, interpretamos y nos relacionamos con esa persona desde el presente.
Aquí encontramos una de las consecuencias psicológicas más interesantes del concepto: Nuestras imagos pueden influir en la manera en que interpretamos a otras personas.
Imaginemos a alguien que durante su infancia experimentó repetidamente que las personas importantes no estaban disponibles cuando las necesitaba.
Años después envía un mensaje a su pareja. La pareja tarda varias horas en responder. El hecho objetivo es: Todavía no ha respondido. Pero internamente puede aparecer algo mucho más intenso: No soy importante.No puedo confiar en nadie.Cuando lo necesito, desaparece.
La intensidad de la emoción no procede necesariamente solo de lo que está sucediendo ahora. El presente puede activar algo anterior.
Desde diferentes escuelas psicológicas se han utilizado conceptos distintos para explicar algo parecido: nuestras experiencias anteriores contribuyen a organizar la manera en que interpretamos las experiencias posteriores. Esto nos acerca a conceptos psicológicos como transferencia, proyección, esquemas cognitivos y modelos internos de relación.
No llegamos completamente vacíos a ninguna relación. Nuestra cámara fotográfica ya tiene imágenes previas que conectan con lo que nos pasa. Llegamos con nuestra historia. Miramos a los demás desde nosotros mismos.
Podemos esperar que alguien se comporte como otra persona se comportó muchos años atrás, casi sin darnos cuenta.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la fotografía?
Una fotografía también es una imagen de alguien que no es esa persona. Es la imagen de una persona, pero no es. Es una representación visual de ella en un instante determinado.
Y cuando nosotros contemplamos esa fotografía tampoco vemos únicamente aquello que objetivamente contiene. La miramos desde nuestra historia, nuestros recuerdos, nuestra relación, desde nuestra imago.
Una fotografía puede activar una representación interior que llevaba años sin aparecer conscientemente. Quizá por eso las fotografías familiares poseen una capacidad extraordinaria para despertar conversaciones.
Ante una misma imagen alguien puede decir: Qué feliz estaba mamá aquel verano.
Y su hermano responder: Yo recuerdo perfectamente que estaba enfadada ese día.
La fotografía es la misma. La historia desde la que cada persona la mira no.
Roland Barthes buscando a su madre
Hay una historia maravillosa sobre fotografía que parece dialogar directamente con el concepto de imago.
Después de la muerte de su madre, Roland Barthes comenzó a buscarla entre fotografías antiguas. No buscaba simplemente una fotografía en la que apareciera su rostro. Buscaba algo más difícil: buscaba reconocerla.
Encontraba fotografías que objetivamente mostraban a su madre, pero sentía que aquella mujer no era completamente la madre que él conocía. Hasta que encontró una fotografía tomada en 1898.
Su madre tenía aproximadamente cinco años y aparecía junto a su hermano en un jardín de invierno. Barthes reconoció en aquella niña a la madre que había conocido durante toda su vida. No la recordaba físicamente, claro, pero si encontró en aquella imagen algo de su manera de ser. La bondad de su madre, «la bondad que la había formado de inmediato y para siempre», emanaba de la fotografía.
Aquella fotografía se convirtió en el centro emocional de La cámara lúcida.
Y Barthes decidió no publicar la fotografía en el libro.
Porque comprendió que para el lector sería simplemente la fotografía antigua de una niña. Para él era su madre, con todo lo que le despertaba.
Odette England: imaginar una fotografía que nunca hemos visto
Cuarenta años después de la publicación de La cámara lúcida, la artista, escritora y comisaria Odette England decidió trabajar precisamente con esa ausencia. En 2020 creó el proyecto Keeper of the Hearth: Picturing Roland Barthes’ Unseen Photograph e invitó a más de doscientos fotógrafos, artistas, escritores, críticos, comisarios e historiadores de diferentes lugares del mundo a responder con una imagen o un texto a la fotografía del Jardín de Invierno que Barthes había descrito, pero que ninguno de ellos podía ver. El proyecto se convirtió en un fotolibro de 320 páginas y en una exposición en el Houston Center for Photography.
El resultado es especialmente interesante si pensamos en el concepto de imago: más de doscientas personas imaginando una imagen ausente desde sus propias experiencias, recuerdos y vínculos. England no intenta reconstruir cómo era realmente la fotografía de la madre de Barthes; convierte su ausencia en un espacio de creación y reflexión. Aparecen fotografías encontradas, imágenes familiares, retratos y respuestas muy diferentes entre sí. Cada participante parte de la misma fotografía invisible y, sin embargo, construye algo distinto. Quizá porque, cuando una imagen no está delante de nosotros, inevitablemente comenzamos a buscarla dentro. Y eso nos devuelve de nuevo a la imago: no vemos solamente imágenes; también las construimos desde nuestra propia historia.
Persona, imago y fotografía. Tres realidades relacionadas, pero diferentes.
Una fotografía familiar puede mostrar a nuestro padre sonriendo. Pero nosotros podemos recordar la enorme sensación de protección, pertenencia o amor.
La fotografía registra una apariencia. Nosotros aportamos la experiencia.
Aquí aparece una posibilidad especialmente interesante de utilizar la fotografía como herramienta de autoconocimiento.
Explorar una imago no consiste necesariamente en descubrir si nuestra representación es «verdadera» o «falsa». Consiste en reconocer que miramos desde algún lugar, qué experiencias priorizamos, sentimos y vivimos. Comprender desde donde mirarmos puede dar un lugar al reconocimiento y a la libertad de elegir, reinterpretar o consolidar algunos recuerdos.
¿Existe una imago de nosotros mismos?
Si construimos imágenes psicológicas de las personas importantes de nuestra vida, también construimos representaciones de nosotros mismos.
Aquí es conveniente no confundir estrictamente el concepto junguiano de imago con conceptos psicológicos contemporáneos como autoimagen, autoconcepto, identidad narrativa o esquemas del yo.
Pero la pregunta que aparece es fascinante: ¿Quién es la persona de la foto? ¿puedo reconocerme?
Y entonces aparece el autorretrato.
Cuando alguien se coloca delante de una cámara no fotografía simplemente su cuerpo o su rostro. También puede encontrarse con la distancia entre:
quién soy,
quién creo que soy,
quién fui,
quién creen los demás que soy
y quién estoy intentando llegar a ser.
Quizá por eso algunos autorretratos nos resultan extraños. Nos reconocemos físicamente y, sin embargo, pensamos: Ese no soy yo. No me veo…
O sucede exactamente lo contrario. Una fotografía imperfecta, movida o aparentemente insignificante provoca un reconocimiento inmediato: ¡Ahí sí! Soy yo.
Una imagen nunca es solamente una imagen
La palabra imago nos recuerda algo que desde ANDANA nos interesa especialmente. Mirar nunca es un acto neutral.
Cuando miramos una fotografía, miramos también desde nuestra biografía, desde nuestros vínculos y pérdidas, desde aquello que deseamos y tememos.
Quizá por eso algunas fotografías tienen una importancia enorme para nosotros y ninguna para los demás.
La fotografía está fuera, pero la imagen está dentro.
Y quizá conocernos un poco mejor consista también en aprender a reconocer las imagos desde las que miramos.
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