
Cuando vivimos una experiencia desagradable o que nos genera mucha tensión, nuestro cerebro entra en un modo de “ahorro” o protección. En esos momentos, la amígdala, una pequeña almendra en nuestro cerebro que procesa las emociones, se activa intensamente, especialmente ante el miedo o el estrés.
Al mismo tiempo, el hipocampo, que organiza y almacena los recuerdos, altera su funcionamiento. Por eso la información no se registra de forma completa o ordenada.
Por eso, ante recuerdos desagradables, es habitual que tengamos fragmentos: algunas imágenes muy claras, sensaciones intensas… pero lagunas en lo que ocurrió antes o después.
No es que el cerebro “olvide” sin más, sino que prioriza la supervivencia emocional frente a la película detallada de lo ocurrido.
Por eso es importante aprender a regular la activación de la amígdala…nos ayudará a recordar mejor, pero eso te lo cuento otro día.
