
Cuando una persona experimenta ansiedad, decirle simplemente “respira” suele quedarse corto. No ofrece una guía concreta ni facilita la relajación. Por eso, es importante utilizar recursos que impliquen a la atención y la experiencia.
Te propongo un ejercicio muy breve.
Cierra los ojos…
e imagina el movimiento del mar.
Visualiza cómo las olas llegan suavemente a la orilla…
y se retiran.
Ahora, deja que tu respiración siga ese ritmo.
Inspira por la nariz, como si la ola avanzara…
y suelta el aire lentamente, dejando que el sonido sea suave, como ese ir y venir del mar.
Esta es la respiración oceánica, el sonido continuo al exhalar, junto con la imagen del mar, se convierte en un anclaje de la atención. Activando el sistema parasimpático, favoreciendo la calma, la concentración y la regulación del cuerpo.
Porque no se trata solo de respirar… las imágenes mentales son importantes.
